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jueves, 13 de enero de 2011

Danzón Fuego

Ícaro con alas de petate,
Cayó mi corazón sol.

Besos de saliva arriba tuyo,
Danzón sol.
Besos de saliva abajo tuyo,
Danzón flor.
Cadera tuya de culebra,
Danzón agua.

A la orilla del río,
morral cargadito de recuerdos,
prenderemos velas pa´ lumbrar el camino...
...tu por tu lado, yo por el mío.

martes, 22 de septiembre de 2009

Chulo (Si Kafka fuese mexicano sería costumbrista, y es que besé a un indigente)


OK, aqui va el pedo: subia las escaleras del metro, cuando ese wey me agarra el brazo, yo traigo mi audifonos, lo veo y saco 5 pesos, me quito los audifonos, el wey me dice: "-que culeeeero yo k vengo por un beso y tu que presumes tu varo..." !yo me cago de risa¡ el me dice: "-que?! si estas chulo..." ¡me VUELVO A CAGAR DE RISA...!èl se emputa y dice: ´"-pinche mamoncito mierda!" esto con un gesto de esos culeros...

Entonces me acerco, le doy el beso... creo que nos hicismos el día...

Me gustó el hecho, la neta, me gustó atreverme a darle el beso y sentÍ chido que se acercara.. digo sólo alguien que realmente no tiene nada, puede apostar todo, me explico? Obvio me lavé la boca en la ofis mil veces... creo que ese wey es más chingon, digo es libre, no? No tiene absolutamente nada que perder, digo el NO ya lo tenia, cierto? y además por putas madres no? creo que es algo tenía que vivir. Ya.

domingo, 25 de enero de 2009

La noche frágil

A Mike, de día ajeno, de noche frágil...

No había nada más mundano que lo cotidiano de nuestras vidas, ese tedio del trabajo, del transporte público, de las hordas de gente. De comer con los mismos, hablar con los mismos, hacer lo mismo. Quizá por ello, arremetimos uno contra el otro al entrar en la habitación. Habíamos estado muchas veces en ese mismo lugar, era nuestro rincón privado; allí no teníamos censuras, no había poses, ni diplomacia, no eran necesarias las cortesías, nada de finezas hipócritas.

Pudimos estar bien, pudimos ignorar la alfombra sucia, el espejo empañado, el olor a sudor rancio, debimos quizá, pasar por alto las manchas de semen estancado, el perfume a cucaracha, pero no lo hicimos. Ambos nos tiramos en la cama un rato, enlazados por las manos hasta que nos la incomodidad nos fastidio al mismo tiempo. Dejé escapar un leve suspiro, de esos que dicen mucho en un breve tiempo y que contamina el aire de ira.

-Apaga la televisión
-¿No quieres seguir viendo eso?
- No. Por eso te digo que la apagues, ¿No lo entiendes, te lo repito?
- ¡Es solo una puta pregunta, cabrón!
- ¡Es muy claro lo que quiero! No me molestes más…
- Vas a chingar tu madre…

El silencio rabioso se aderezo con una mirada de hartazgo. Era una noche de dolor y rencor acumulada, dos escorias encabronadas con el mundo que se ataban de manos para probarse por un momento que no estaban solos, después se atacarían como hienas enjauladas. Era una dinámica repetitiva, el querer no queriendo, un necesitar ni lejos ni cerca pero también sin espacio alguno, un karma, un dejá vú.

Pasó por mi mente el deseo de mandar todo al carajo, de realizar o decir algo digno de un rompe y rasga, pero no pude. Un impulso originado no sé donde me limitó a decir Te quiero mucho. Hállame débil para su propósitos, ni malos, ni buenos, sólo humanos. Hoy no duermes conmigo.

Respiré la ira del aire con ganas de envenenarme y arrancarle la garganta, de quemarle los ojos, de no verle, de no escucharle, de no conocerle así. Y le abracé. Valiente fortaleza la que encontré, le abracé repitiéndole, te quiero, te quiero, te quiero…Mi cuerpo quería decir más, mi boca solo repetía eso. Quería gritarle que amaba su sueño, ese aire de altanería, sus falsas convicciones, que le amaba y lo odiaba tanto como a mi mismo. Me di cuenta entonces que estábamos rodeados de mierda. El mundo entero, el trabajo, la gente, el cine, la ciudad, la habitación.

Todo ello manchado por el tiempo, eran presa de mi memoria poética; todo me recordaría a los dos, me ataría a su imagen, a su cuerpo. He vuelto de la ciudad un espejo…

Me miro al espejo, dos manchas púrpuras adornan mi espalda, otras dos mi brazo derecho. Ya no lloró por ello como solía, ahora me parecen muestras, señas de nuestra inmadurez, de nuestro andar corriendo, de nuestro arrepentimiento. Es una especie de pacto catártico, solo los dos lo entendemos.
Es desbocar el sueño cansado, nuestro hastío cotidiano, el hambre pasada, el deseo frustrado. El deseo… Ese que nos aliviana, que a veces no dibuja una sonrisa amplia, pero no jocosa como una broma compartida.

Me asomo a la ventana, prendo un cigarrillo y contemplo la calle, fría, desolada, ajena a lo que pasa. Perros hurgan en la basura urbana, uno halla un manjar otro lo despedaza y se quedan sin nada, las sombras de las ratas que patrullan las guarniciones vigilan el descanso humano, lo arrullan con sus chillidos, con el inconfundible sonido de su garras sobre el asfalto. El mío no. Se empaña la ventana con el humo y pienso en una metáfora: la vida ya es rastrera ¿Por qué empaño con mierda el filtro que la hace bella?

No le veo sereno, no duerme como sé que duerme, con ese gesto de confianza y de gusto cuando duerme con tranquilidad. Incluso durmiendo me deja claro que somos cómplices del mismo suceso. Duerme y sé que me siente, beso su mejilla y le acaricio el pelo. Toma mi mano y se voltea, se acomoda en mi pecho y me abraza fuerte. Siento el calor de su boca en mi cuello.
-¡Pum. Pum. Pum, pum! ¡Jajajajaja! Ya, no te emociones. Te va a explotar.

No se percata de que su respiración es tan fuerte como el golpeteo del que se burla. No diga nada. Sobra. Como sobra un “lo siento” o un “perdóname”. Ambos sabemos que noches como esas volverán a pasar, no somos hacemos imbéciles.

Me besa en la frente y la noche me parece distinta Sus brazos rodean mi espalda y yo me entrego al sueño, a la estúpida idea de lo perenne del sentimiento. Y me abraza tan fuerte que creo que quiere destrozarme. No se lo niego.

Pienso en todo, en el día siguiente, en los tlacoyos de Doña Gloria, en la sensación de extrañeza que siento por mi padre, en los nervios que tengo por un examen profesional para el cual no hay tesis, en las primeras noticias nefastas del día, ya no hay buenas. En mis amigos y en nuestras ya muy marcadas en brechas de pensamiento.

Un breve suspiro recorre mi oreja y llega hasta mi boca. Llena el aire de paz y carga a la madrugada de fuerza. Cierro los ojos y me pierdo. El sueño se cola por la ventana con el viento cálido de la mañana.

Amanece y trato de romper mi espejo.

lunes, 18 de agosto de 2008

El tren de los hambrientos

El tren de los hambrientos
Por El Barón Rampante
Las cosas son en esencia iguales a quienes pertenecen; los usuarios arriban a la estación como dicta su rutina. Entre la masa común y corriente -como la estación misma- dos jóvenes destacan a la vista por su percha. No denotan un estatus más elevado, no es su ropa, no es su “estilo”, ni la moda, ni mucho menos el habla, es simplemente su actitud.

Ambos, cogidos por la mano, se ven sonrientes, mirando a todos pero concentrados en su platica. Erguidos, caminan orgullosos por los pasillos del subterráneo, como sólo lo hiciera un chauvinista por Les Champs Eliseé, en un día de invierno. No lo saben pero con esa actitud, desafían el código de mediocridad consensuado por la masa de usuarios. Ese código que se reafirma cuando caminando por estos mismos pasillos, hombres y mujeres se ven por una fracción de segundo, la mirada a penas roza la del otro pero ello basta para confirmar que viajan con la misma indiferencia y en la misma calidad de miseria, pobreza o bajeza humana.

Carmen y Manuel desconocen este pacto social porque simplemente no les importa, les es indiferente, no es parte de su vida cotidiana, de su mundo de vida, de su realidad. Hoy, el padre de Manuel ha tomado el Passat, lo que lo obligó a viajar con Carmen en el subterráneo. Ellos no pertenecen a esta clase baja, tampoco son ricos, más bien pertenecen a una clase media bien acomodada que siempre pueden ir de vacaciones a Valle o Tepozotlán cada fin de semestre. Carmen presumirá el viajar en el subterráneo como una “interesante experiencia sociológica” con sus amigos de la Facultad de Políticas, en alguna platica llena de buenas intenciones por cambiar al mundo, o en alguna clase donde excelentes argumentos serán lengua muerta.

Carmen estudia Sociología sólo por llevarle la contra a su madre quien deseaba verla convertida en una excelente abogada. A Carmen no le interesa defender nada que no sea su capricho. “El mundo debe ser cambiado por los jóvenes, debe ser revolucionado por ellos, defender lo que nosotros no pudimos” explica la madre fracasada, activista política que dejó la causa revolucionaria el día que conoció a su esposo, un hombre 20 años mayor que ella, que le hizo olvidar al Ché, el “Hasta la Victoria Siempre” por el “Totalmente Palacio.”

Carmen concuerda con esta idea: ella pretende hacer la revolución con el dinero de papá.

Mientras bajan las enormes escaleras hacia los andadores del subterráneo Manuel le recuerda a Carmen el día que se conocieron. El 03 de enero, Manuel tomaba un café express en el Starbuck´s de Reforma justo frente a la embajada de Estados Unidos, esperaba allí a “El Lagarto”, a Daniel y a Joss. Esta última bautizada como Josefina por el párroco de la Iglesia de la Providencia, pero Josefina no es un nombre nice para un chica que se codearía con la cremé de la cremé de la Facultad de Economía. Esa tarde Manuel llevaba las calcomanías, las cuales serían sólo distribuidas entre la gente del contingente. “Debemos pegarlas nosotros en cada parabrisas, defensa, árbol o poste que encontremos a nuestro paso”. (Daniel) “No, eso es para nacos, la protesta no implica dañar cosas que no son nuestras, además ¿Tu crees que sale barato el papel, Dany?” (Manuel). Los otros hicieron mutis.

“Ese día parecías acarreado. Me cagué de risa con eso que gritabas en el altavoz “Codo con codo, hombro con hombro, el pueblo somos todos.”

Carmen planeó la organización del contingente de Sociología, había negociado con líderes de las demás carreras, el lugar que ocuparían los sociólogos en la marcha y además logró incluirse en la lista de oradores que hablaron al micrófono. “Llevabas esa blusa color marrón que te resaltaban las nenas, te veía bien buena.” (Manuel) “¡Ah, sí! Ya la tiré, era de un satín barato.” (Carmen) A ambos les gusta destacar cueste lo que cueste, lo que Manuel no sabe se que Norma escribió el discurso que Carmen pronunció o que Daniel haya estado en la lista de oradores y no Manuel. El que no se ve, no existe.

En el anden dirección Universidad, un joven de 23 años, no menos de 19, bien parecido, destaca de entre la masa, no por su ropa, su buen ver o su percha demasiado seria para un joven de su edad, lo distingue su marcada y franca indiferencia. A diferencia de Manuel y Carmen, Jeromé no se sabe distinto, es más quisiera que no ser visto, él desprecia todo lo que brilla, todo lo que luce, todo lo que se ve.

Marcuse engalana las manos de Jeromé y nutre su mente mientras espera el tren, está recargado sobre la pared con una mano dentro el bolsillo izquierdo mientras que con la derecha sostiene a Marcuse como si fuese una mascota parlante; por un momento a los ojos de la Manuel y Carmen, Jeromé no existe, como no existen los demás porque no destacan, pero sólo por un momento. Manuel juguetea con Carmen cariñosamente hasta que logra abrazarla y darle un par de vueltas, Carmen se fijó en Jeromé por encima de los hombros de Manuel. Pero la mascota de papel, engomado, encuadernado en 1972, hace que Jeromé no sienta “el peso de una mirada” no siente que ella lo ve, porque el no quiere ver a nadie, y alguien que no quiere ser encontrado, efectivamente no lo será.

La pareja brilla tanto que deslumbra y pronto la cabeza de Jeromé girará por un breve momento hacia ellos. Carmen se ha quedado callada, Manuel la sostiene por los codos. “¿Qué?” (Manuel) Carmen señala con la cabeza a Jeromé. Ambos ahora miran al chico, de pronto una sutil ráfaga de interés y de adrenalina corre por el cuerpo de Carmen. Manuel ha dejado de ver a Jeromé y ve ahora a Carmen quien no puede quitarle la vista de encima. Jeromé gira su cabeza por una fracción de segundo. Una desgracia.

En ese instante la mirada de los tres se cruza, pero no se comparte el mismo código del cual hacen uso los usuarios de la estación lo cual los delata y dos o tres personas que cruzan entre ellos, atienden esta discordancia en el ambiente.

Jeromé retorna a su lectura, pero la mascota parlante se convertido en un mar de letras infinitas y sin sentido, Marcuse se ha disuelto anta la realidad presentada. Carmen voltea a ver a Manuel. “Es extraño ese wey, ¿no?” (Carmen) “Algo…medio mamón. Es como si le valiera madres el mundo, es como esos weyes que creen que son bien chingones y en clase siempre te preguntan: ¿Si me explico?” (Manuel). “Tu dices lo mismo Manuel, además no se ve mamón, creo que si le vale madres el mundo ¿A quien no le vale? ¿A poco a ti no te vale?” (Carmen)

Jeromé no ha podido continuar con su lectura, cierra el libro y mira fijamente hacia enfrente tratando de recordar que estaba leyendo. Manuel se ha percatado de ello y Carmen también, esta vez, ambos en silencio, se quedan mirándole. Para Jeromé, la mirada, como carta de presentación, al menos la suya, sólo sería para aquellos quienes a su juicio, la merecen. No una vieja gorda con bolsas y niños adelantándose a los asientos antes de que el subterráneo apenas abra sus puertas o a los estúpidos viejos o minusválidos que aprovechan su calidad para obtener ciertos beneficios, menos aún para la estúpida pareja de enamoradizos que alguna vez viene frente a ti, dándose arrumacos innecesarios. Pero tampoco sería para el par de soberbios pequeños burgueses que le están mirando.

Jeromé contesta la mirada y un río de nervios le recorre desde la cien hasta los tobillos. “Te gusta”. (Manuel) “No, digas mamadas, no empieces a chingar…bueno sí pero no hay pedo” (Carmen). Carmen voltea cabizbaja, un remolino de pensamiento le azotan ahora. No le importó que Manuel supiera que el joven le había gustado, sino que la ha descubierto, hasta ese entonces Manuel era perfecto porque nunca se había avocado en descubrir que es lo que Carmen quiere o guarda. A Carmen no le importa ser entendida sino respetada, se propone que nadie, nunca, sepa que es lo que quiere, que es lo que ansia, de esa forma es libre de no dar explicaciones a nadie, no crea ataduras de afecto, inclusive con su madre, su padre o sus amigas. El hambre de Carmen es por ser impredecible, lo que para ella significa libertad.

En sus adentros Manuel dibujó una sonrisa. Encontrar lo que un ser impredecible puede desear es tan difícil como encontrar lo que un insensible puede llegar a decir en momentos cruciales. Manuel es de esta fauna, se alegra no por Carmen, sino por él, que Carmen se sienta atraída por alguien, es lo mejor que le ha descubierto. Aquello que había tratado lograr lo había logró en las entrañas de la ciudad a lo que Manuel alcanzo a decir en voz alta para sí: “La magia de los menos”

Jeromé escucho esto y no pudo no sentirse aludido. ¿Era un descalificativo? ¿Una evaluación pequeño burguesa sobre su condición? En lo absoluto, Manuel no lo califica personalmente, califica el entorno, su ambiente. Sin embargo, esto sólo lo sabe él y sin saberlo ha empujado a Carmen en una perfecta sincronización ideática con Jeromé.

Carmen ve por un instante con desagrado a Manuel quien se extraña pues considera que se ha dado a entender perfectamente. Jeromé decide hacer caso omiso al comentario y recurre a su ejercicio anterior. Pronto la mirada de ambos de nuevo sobre Jeromé, éste voltea y nota algo distinto, ambos le sonríen con timidez. Las razones son distintas, Manuel intenta disculparse, ha comprendido lo que pudo causar con su pensamiento en voz alta, Carmen planea ligarse al chico en la narices de Manuel, no por venganza, considera que Manuel firmó su carta de despedida en el momento que se atrevió a descubrirla, a dejarla expuesta. Jeromé confirma que paradójicamente estos dos hijos de papi, son los indicados para dejarse encontrar.

El viento que usualmente sirve de avanzada anunciado el próximo arribo del tren, golpea la cara de Manuel revolviéndole el pelo, en ese instante como si un halo de luz le llegase de las entrañas de la tierra, Carmen comprende que no pude despachar a Manuel tan livianamente, tiene que dolerle tanto como a ella. “Quiero coger con él” (Carmen) “¿Qué? ¡Estas pendeja! ¿Cómo se te ocurre? ¡Pinche culera!”. (Manuel) “Lo estoy diciendo en serio, ese wey me pasa con o sin ti y sólo te lo estoy anunciando.” (Carmen) “Carmen, yo debería ser el enojado, no me importa que ese pendejo te guste, pero hay una distancia muy grande en que te guste y otra…” (Manuel) “¿En que quiera acostarme con él? No, para mí ya no hay diferencia, ya terminamos.”

Cruzó por la mente de Manuel una sola y fuerte idea en forma de pregunta. ¿Qué es lo que quería de Carmen? Y entendió. Manuel tiene hambruna por Carmen, tiene hambre por una complicidad, para Manuel, Carmen era todo lo que hasta en ese entonces había podido entender y vivir como amor. Manuel quería ser cómplice de lo que Carme odia, de lo que anhela, de lo que es. Manuel quiere que Carmen lo ame como ama todo lo que desea. Manuel entiende amor como querer todo lo que Carmen quiere.

“Compártelo” (Manuel) “¡No, mames! ¿Qué?” (Carmen). Llega el tren, pero aún no llega hasta donde ellos, Manuel en un movimiento rápido se acerca a Jeromé “¡Hola! Mi novia y yo hemos notado que te gusta Marcuse y nos preguntábamos si tienes algo de tiempo y no te importa, podríamos platicar un poco sobre ello. Ambos vamos a la Universidad y la neta pocos leen a Marcuse. ¿Qué dices?” (Manuel) “ehhh, quizá, bueno la verdad esto es raro… pero si quieren” (Jeromé no dejando la indeferencia que lo caracteriza, accede más un favor).

Las puertas del vagón DM-3347 se abren ante los tres. Dentro, Carmen llena de nervios y con una mirada fugaz de odio, pregunta al aire “Y a dónde iremos? Al Lobo Estepario” (Manuel) Jeromé, quien se ha dado cuenta de la tensión entre los tres, propone, por primera vez en su vida introducirse por si mismo ante dos extraños. “Me llamo Jeromé, el Lobo Estepario me parece aburrido… mejor al Río Plata ¿Les parece?” “Bueno, ya lo has decidido…” (Carmen) “¿Y ustedes tienen algún nombre o les llamo como me plazca?” (Jeromé) “Jajajajaja, lo siento. Yo soy Manuel y ella es mi novia Carmen” (Manuel)


Jeromé más que hambriento por amar, tiene sed y bebe hasta que siente que alcohol le quema las ganas. Es un paria del universo, del afecto humano, su afán de amar sin complejidades, entrega, aleja. Amar por amar es atrofiar el sentido del amor, aunque el sentimiento prevalezca.

En el Río Plata, Marcuse pasa a segundo plano, lo olvidan y poco a poco los temas propios de universitarios llenan la mesa, destapan las cervezas, prenden los interminables cigarrillos. La guerra como manifestación de incivilidad, la democracia como paradigma posmoderno, la política vista en su falta de inclusión y diálogo, el papel del universitario en el mundo como yelmo comprado gratuitamente, las películas como relatos del mundo, los libros como memoria, el alcohol como bendición, el sexo como pasión, el amor como proceso de apendejamiento lento pero gozoso, pero sobre todo, discuten la libertad y el hambre, la primera como catalizador desconocido y la segunda lo motiva todo.

El reloj avanza como su naturaleza dicta y los tres sin hablar, sin preguntarse, han entendido a la perfección la dinámica de la noche. Manuel pide la cuenta, Carmen va al baño y Jeromé no dice nada, sus ojos se centran la botella Indio, su cerveza. Manuel lo observa y piensa por primera vez después de cinco horas, que en breve alguno de los dos estará encima del otro a petición de Carmen o exigencia de sus propios deseos. Carmen les observa desde la ventanilla del baño. Manuel se pregunta por salud mental, si esta dispuesto realmente a tocar al tipo que frente a él, se asume socialdemócrata. Sus ojos entonces buscan a Carmen y se dirigen hacia la puerta del baño. Ella esta ahí, observándoles cual vouyerista en su primera experiencia: morbosa, excitada, pero temerosa, no de ellos, de sí misma. ¿Ha dónde la piensa orillar Manuel, a dónde Jeromé? ¿Es una puta? ¿Ella empezó esto, quien empezó, importa ahora que todos han sellado el pacto con el unísono “ya vamonos”?

Manuel la ve y cree ver una mirada de petición detrás del vidrio, cree que Carmen le reta, el cree que con esa mirada Carmen le esta confiando sus deseos, lo hace su cómplice de cualquier cosa hasta cojerse a un pendejo socialdemócrata deprimido. Detrás del vidrio a Carmen la embarga una inmensa incertidumbre, un intenso miedo que la hace mear tres veces y no sabe como parar. Jeromé, frente al vidrio oscuro de su cerveza se pregunta. ¿Por qué él? ¿Qué seguirá? ¿Puede haber amor en algo así? Se pregunta por las consecuencias sin haber hecho nada aún. Tocarlo a él, tocarla a ella ¿En que lo convierte? ¿Un homosexual bastante puto o un heterosexual muy pendejo? A Jeromé cuando el manjar se le pone enfrente, no come, pero tampoco deja comer, se queda solo. Eso es él.

El edifico dicta 532 en la entrada, el departamento el seis. En la esquina un súper 24 horas. “Aguanten”. (Carmen) Compra condones, lubricante y píldoras del día después, no quiere cometer una estupidez más. Suben, Manuel abre su departamento. “¿Qué quieren escuchar?” (Manuel) Y sin decir más Cést Si Bon se escucha en el estero en la magnifica voz de Eartha Kitt.


Jeromé sin preguntar si puede abre un vino tinto Marqués de Cáceres. Sirve tres copas, la de él hasta el tope. “Calma, mi hermano, no son carreras” (Manuel) Platican un poco sobre esto y aquello, pasa una hora y después lo inevitable…

La cama de Manuel ha quedado manchada de los tres, con el olor de los tres. Después de tres horas, los tres ocupando todo el King Size, inmersos en su mundo escuchan Assedic en la voz de Les Escross, Manuel recostado en el costado derecho mirando a la ventana, sonríe. Cree ha triunfado.

Carmen, en medio, se siente ultrajadora de tumbas, de la suya y de la de ellos. Jeromé, recostado en su lado izquierdo, mirando fijamente la puerta del dormitorio, ansía escapar. Orfeo hace lo suyo y sumerge a los tres en un profundo sueño. Al amanecer, Jeromé no está. Ni una nota, ni un adiós, se desvanece en la nada como los mejores amantes.

Esto por supuesto a Manuel no le importa y al contrario lo agradece. No esperaba ver la cara de quien en la noche anterior le compartió alcohol, cama, cuerpo y novia. Carmen, se baña, Manuel le prepara pan francés. “¿Cómo estas?” (Manuel) “Sucia” (Carmen) y sale del departamento, no lo volverá a ver.

I´ve got a crush on you …

Después de tres meses de no verle, Carmen busca a Manuel. Él se ha mudado del 532 y del piso seis. Un mes para cada quien y tres serían las veces que volvería a la estación, buscando encontrar quizá a alguno de los dos, Manuel ha dejado la ciudad. Cuando Carmen salió del departamento, Manuel entendió el enorme egoísmo que anidaba en ella, la primera vez que la volvió a ver fue en una fiesta de la Facultad de Química y hablaron por largo tiempo y Manuel le explicó que entendió aquella noche, el porque de Jeromé, “pero eso ya no importa.”

“La felicidad no radica en alguien más. Me enseñaste a amar Carmen, pero no puedo hacer feliz a quien se niega serlo mucho menos a quien no quiere ser feliz con nadie más que consigo misma. Ambos jodimos a Jeromé, nos jodimos todos” (Manuel) Y se fue. 15 de septiembre, fiestas patrias, Carmen organizó una reunión de amistades en su casa, por supuesto estuvo Manuel con Camila, su nueva novia. Segunda vez que le rompió las esperanzas. Graduación de Manuel ahora es ya todo un ecónomo, fiesta en casa de los padres de Manuel. “¿supiste algo de Jeromé?” (Carmen) “No, eso lo deje morir con el recuerdo” Y Carmen jamás lo volvió a ver, hizo la pregunta equivocada.

Años después Carmen entendió que Manuel era la persona perfecta para abrirse, para ser descubierta, donde ser predecible no implicaba intromisión o invasión. Sino complicidad. Carmen se casaría después con alguien a quien su mundo le era indiferente…

Carmen vería ver a Jeromé. Acompañaba a su madre por el centro de la ciudad. “vamos por un cafecito a los azulejos” (La madre)

Como si le hubiesen gritado, Carmen volteó hacia la entrada. Sus miradas se cruzaron por largo tiempo, hasta que a ambas mujeres les asignaron mesa. Jeromé, suspendido en el tiempo, recreó una vez más, como lo hacia desde aquella noche, los olores, los movimientos, las caricias, las ganas. “Debo saludar a un amigo, mamá” (Carmen)

Carmen hizo una pausa antes de acercarse a la mesa de Jeromé, subió al baño para darse fuerzas y enfrentar el pasado. Con los dedos le hizo una señal de espera y le envió una sonrisa. Él contesto con la misma sonrisa, la cual sostuvo hasta que sus miradas dejaron de verse.

Al regresar, Jeromé no estaba, en su lugar una nota en la servilleta:

Carmen, ya no puedo permitir que el pasado regrese. Aquella mañana me fui esperando que contestaran mi nota. Tres veces volví a la estación y tres veces huí de ahí. Jamás regrese, ni pienso hacerlo. En ese tren, subió alguien que exigía del amor más de lo que el amor está dispuesto a dar.

Esa noche me enamoré. Verte ahora, no es algo fácil de asimilar. Es remembrar lo perdido y peor aún, lo que nunca se tuvo. Espero haber saciado su hambre, la mía de amor, la tuya de hermetismo, la de Manuel de complicidad. En ese tren se subieron tres personas hambrientas y en la gran comilona terminaron enfermas.

Ojala ustedes, que yo no encuentro remedio para ello.
Les llevó en mi memoria siempre.

Jeromé.

En la mañana siguiente Manuel encontró la nota sobre el sofá, la leyó y la destruyó antes de que Carmen pudiese leerla, la nota lo llevaría por un camino que no podía seguir y no estaba dispuesto a que Carmen o él la siguieran. Mientras que Manuel lo dio todo al olvido, Jeromé lo conservó todo en el recuerdo y Carmen dejó todo en la nada.

I´ve got a crush on you en la estupenda voz de Steve Tyrell se escucha en el restaurante, mientras Carmen sale corriendo por los pasillos de la Casa de lo Azulejos hacia avenida Madero. Busca Jeromé con la mirada y lo ve a lo lejos, dejándolo perderse entre la muchedumbre.

Fue un acto piadoso.

El Barón Rampante
(Óscar G. Martínez)

viernes, 8 de agosto de 2008

El crimen y los sicarios


El crimen y los sicarios
Oscar G. Martínez
Cuento

Imagine la patética escena estimado lector: Estamos en un lugar mágico, lleno de claroscuros color ámbar y violeta, pequeño pero confortable. Todas las noches lo envuelve un halo sensual y triste: el jazz. Hoy la musa es Nina Simone y canta Don´t explain. "Está cantando Dios" afirma Carlos, pero nadie le sigue el comentario. "La música nació por boca de mujer" agrega, pero es ignorado, aunque a decir verdad, Carlos habla para sus adentros.

Acérquese a las mesas 16 a 18 que ocupan un grupo de “recién” egresados. Después de tres años de haber dejado la Universidad se reúnen, cada vez, con menor frecuencia. Algunos asisten por no dejar, unos mas por la alegría de ver a todos reunidos de nuevo, algunos por morbo y el resto bueno, no había nada mejor programado en la agenda.

La noche ha trascurrido tranquila y amena, deliciosa. Varios han confirmado sus teorías sobre los demás: “Diego sigue igual de pendejo”, “¡No mames, cuánto ha cambiado Norma!, “El Carlos me sigue dando hueva” etc., son las consignas de la noche que se dejan oír sólo cuando el susodicho (a) no esta presente. Ante todo, la diplomacia.

Las discusiones son variopintas, desde la política de la mierda hasta la mierda de la política. Sin embargo, alguien ya ha introducido el tema de lo social en cualquiera de sus modalidades. ¿Quién fue, pregunta usted? No tiene caso contestar, porque al fin y al cabo, en este ejercicio todos, sin excepción alguna, son unos expertos hijos de puta. Y cual Banquete de Platón, todos participan de él, partiéndose la madre como Dios manda.

"¿Cuál es el secreto del matrimonio? ¿Cómo no dejarlo morir, o que no se convierta en rutina, carga, en algo pesado, en elemento más de tu paisaje cotidiano?" Pregunta Mauricio. A él en el fondo no le importa el matrimonio. Su ventaja es que conoce demasiado al resto y sabe que ha soltado un toro en un supermercado. Lo que a Mauricio le agrada, es ver como despedazan los perros el pedazo de carne arrojado y eso lo hace sentirse superior: Él es el keeper, como dicta su nick en el msn.

Responde Diego, quien siempre ha sido considerado como el tierno del grupo, el noble, el pendejo, es el niño con el eterno amor de Mamá y de Papá. No, no es único hijo, pero si el mejor, como deja claro su abuela todos los domingos de comida familiar. Diego, en el fondo, se cree esta versión de su persona y la sume. "Es muy fácil vivir bien" explicó alguna vez a Norma. "Sólo tienes que asumirte como debes."

"Yo creo que la mujer con la que de ese paso, debe tener una vida propia, y sus propios secretos. De esa forma, la persona con la que viva, será interesante. El misterio es lo interesante por descubrir, aunque claro, creo que de pronto se me ocurre reconquistarla de nuevo, hacerle el amor como si fuera una colegiala, no sé, es cuestión de voluntad e imaginación, mi hermano."

Un pequeño silencio y podemos escuchar el coro de Once Upon a Summertime con Blossom Dearie

"Inevitablemente el matrimonio esta destinado a ser una carga." Afirma Mónica, quien odia toda forma institucional o socialmente consensuada porque simplemente la asfixia. Y en realidad, la asfixia. Se siente atada en un mundo de hipócritas formas de convivencia. Alguna vez intentó ir contra las reglas, salió de compras desnuda. Más tardó en hacerlo cuando dos finísimos policías la llevaron arrestada por “faltas a la moral”. "¿Qué de inmoral tiene el cuerpo de una mujer?" Preguntó al Agente del Ministerio Público. "Nada señorita, pero no puede andar por la calle, ya sabe, perturbando a la moral masculina. "

Dos horas después su madre, llena de regocijo, la sacaba de la Agencia del Ministerio Público. La Madre: "A la nena, a la “muy ruda”, después de ser minuciosamente cateada, de ser llevada al MP, porque la pendeja no sabía que cometió una falta cívica y no pidió ser llevada con un juez de lo cívico, y de ser admirada por todos lo cabrones y machorras de allí, la dejaron libre. ¿Y sabes por qué, amorcito?" , "No, no sé", contesta el padre angustiado. "Ahh, porque la muy cabrona, chille y chille, pedía por su papito y todos se reían de ella. No sabían por cuál, si por el que la trajo al mundo o con quien se vino en Mundo E. ¿Imaginaste amorcito así a tu nena? Pinche nena, pendeja."

Desde aquel día Mónica ama y odia a su madre, con todo su corazón. Cual debe ser.

"Es un pinche convenio mierdero donde uno acepta compartir, casa, baño, cocina, pedos, broncas, babas, con otro al que no conoces del todo, pero es “amorosamente voluntario”. ¡Ni madres! seamos honestos: somos individualistas. El desmadre inicia cuando a nadie le cae que la neta y en el fondo, no nos gusta compartir lo propio, por más que afirmes que te gustaría formar una vida con alguien más. Yo, nel, no me caso. Y si el wey me satisface o lo amo, lo mantengo siendo honesta y clara."

Está diciendo esto mientras se escuchan los últimos acordes de That Old Feeling con Dorothy Dandrige.

"Pero ese es tu interés ¿Y si el quiere casarse contigo?" Damián le pregunta a Mónica y sin esperar su respuesta continúa: "Pues a mi la neta si me latería tener una vieja de esposa, o sea, formar una familia. O sea, weyes, tiene un poco de razón lo que dice La Mona, pero también no nos late estar solos, ¿Qué no? La verdad, el matrimonio es un negocio: no me hagas esto que me caga, yo no hago esto que te caga, hacemos esto, no mejor aquello, vale, eso esta mejor. O sea, como la democracia por todos anhelada, pero practicada en lo chiquito, o sea, para vivir mejor, sin broncas y paz. Yo mantendría mi matrimonio de esa forma, así, hablando, llegando a un acuerdo, es lo más chido, creo."

Nadie sigue lo expuesto por Damián, pues en fondo lo que dice es lo ideal. Damián es un pitufo. Vive en una burbuja azul y rosa, comúnmente conocida como BMW, vive entre un chingo de hongos alucinantes también conocidos como Tecamachalco. Su mundo Carlos lo describe mejor: para ese wey la vida es fácil, porque nunca se partirá la madre por ella. Para él, la democracia es el consenso de lo que su dinero le puede traer.

Como si el mundo conspirara a favor de Damián, termina su intervención y un breve silencio les hace ver que están escuchando Dream of Life con Carmen McRae. Excelente canción.

Lo ideal como explica Platón, (al cual ya leyeron todos en la mesa, excepto Damián porque en la Ibero, la carrera de Economía no requiere de Platón, ¿Cómo pa´que? Platón no aplica…naaada que ver) pertenece al mundo de las ideas, allí donde los valores son perfectos, catalizadores, como ideal està muy bien en ese mundo, pero con solo echarlo a operar en el mundo de lo tangible, se vuelve imperfecto, se corrompe.

"En el fondo, coincido con Mónica." Habla Norma, quien rara vez participa de estas pláticas porque le parecen demasiado aburridas. Norma, roba cámara cuando se trata de hombres, de fiestas, de desmadres, de viajes. Ese es su mundo y rara vez admite entrar a otros en el. Sólo lo presume y a su vez, ella no interviene en otros mundos que no le atañen o que no le interesan. Es un pacto que ha establecido con el resto, y un pacto con alguien tan claro en sus condiciones, se respeta.

"Ese tedio que los casados viven no es más que el resentimiento que se tienen así mismos por no haberse atrevido a decir NO. No, porque yo quiero disfrutar lo mío, tener lo mío, oler sólo mis pedos y no los tuyos, comer mi comida. Al final, el matrimonio es la resulta de no aventurarse estar solo, pero a un alto precio: la pérdida de tu individualidad por un falso nosotros. Ningún hombre soporta una mujer autosuficiente y con mi puta suerte, seguro yo me caso con un codependiente. ¿Qué mejor manera de mantener un matrimonio, no les parece?"

Y una sonora carajada general se deja escuchar en la mesa.

"Pues la neta a mi si me gustaría casarme, claro que para eso me iría a España." airma Juls, ella responde en vida real a Julissa Mendoza, es lesbiana y todos en la mesa lo saben. Siendo un grupo de universitarios tienen que demostrar que son tolerantes, abiertos y plurales. Ya sea por convicción o sólo por pose, Jules, siendo de esa fauna, es más que oportuna y conveniente. Jules anda por la vida en un enorme closet, su madre, Doña Manifiesto, su madre, si se enterase de su su preferencia, la mata. Literal.

Para Doña Manifiesto, esas son anormalidades, aunque alguna vez haya visto a Julissa husmeando allá abajo a su prima, “no pasa nada, porque es entre viejas”.

"Pero Jules, no tienes dinero ¿Cómo le vas a hacer?" Pregunta el siempre oportuno Damián quien acepta a Jules por convicción. Con una seguridad muy estúpida, hace esa pregunta porque realmente cree que Jules cometerá lo que ha dicho, a la mañana siguiente. En su mundo, si quisiera, él podría casarse mañana mismo con la niña de los Corchera, a quien conoció en Vallarta.

"No imbécil, obvio no lo haré mañana, ni pasado mañana. Algún día" continua Jules, "lo que quiero decir es que yo veo al matrimonio no como mi proyecto de vida, sino como parte de el. Yo pienso que todo lo que logre en la vida debe ser compartido con alguien a quien ame, que se sienta orgullosa de mí, y me ayude a seguir, ir creciendo juntas. Ahora, yo creo que no puedes evitar lo inminente. Sí me casó y veo que todo esta jodido, mejor dejarla ir. Claro que también veo que es una responsabilidad, pero sí aquí estamos hablando de lo que cada quien haría para no dejar morir el amor en el matrimonio, pues yo siendo coherente, sería responsable y honesta con ese sentimiento y con mi pareja. Y con ello quiero decir, siempre estar al pendiente de lo que ella necesita y de lo que yo quiero."

"¡Entonces me das la razón! El matrimonio es un negocio muy fino porque implica los sentimientos de otra persona." Le debate Damián. Como verá, estimado lector, es muy fuerte el interés de Damián por lo que opine Julissa porque la ama. Y esto todos en la mesa lo saben, excepto claro, la propia Juls. La ama porque es perfecta: es lesbiana, está buena, es femenina, es sensible, la entiende y ella también lo entiende. Damián debe reprimir ese sentimiento porque Juls jamás cabrá en el mundo de Damián, es lesbiana y pobre. No puede tener una suegra que se llame Manifiesto, que viva en la Morelos y una esposa que probablemente lo engañará con la chacha. Juls por su lado, cree que la chica pelirroja que tiene a lado es la mejor novia que ha tenido.

Todos discuten el punto de que Juls, lo cual desata la envidia y leve furia de Mauricio, porque toda la discusión se torna en lo que dijo Juls, ya han olvidado quién hizo la pregunta, han olvidado su papel en la mesa. ¿Es la fuerza de las minorías o el desmedido interés de los pequeños burgueses en desbocarse en conocimientos y posturas entorno a ellos? Cada quien, siguiendo a Diego, asumiendo lo que debe asumir, lo sabe.

"¿Y tu wey, que pedo, que opinas?" Pregunta La Mona a Carlos, quien hasta este momento ha estado distante de toda la discusión. Carlos se debate el cómo continuar al compás de las piezas de jazz. Pareciera que cada una le da la respuesta, pero sólo lo entierran en una infinita tristeza.

La Mona le ha preguntado a Carlos y todos esperan su respuesta, no porque sea la respuesta, sino porque durante toda la velada, él se ha mantenido distante y su opinión es considerada para no dejar de incluirlo. Aunque todos admiten reconocerlo como “un wey muy inteligente”, a veces siente esa inclusión como forzada. Carlos sabe que su opinión sobre el matrimonio está de más porque ha dejado en claro que jamás se casará,porque es puto y
no lo ve necesario. Además, sabe que su opinión no cuenta de facto, porque el matrimonio como sacramento católico y como tradición social, lo excluye. Y esa idea vive interna y latente aún en lo más universitarios. Simplemente su opinión a favor o en contra esta devaluada.

En su lugar, su novio Emilio, interviene: Yo creo que el matrimonio se mantiene en la confianza. Si amas realmente alguien, le darás el espacio de confort, de confianza para sentirse seguro. Yo creo que un matrimonio se mantiene mientras seas leal. ¿No lo crees así, Carlos?

Lo que diga Carlos durará exactamente los 2:48 que dura Cry me a River con Dinah Washington. No se lo ha propuesto así, el mundo ha conspirado para que en 2:48 minutos su infinita tristeza sea expresada, más no exorcizada. Y por primera vez, quizá, ser comprendido por aquello a quienes considera su familia.

Carlos con la mirada fija en el escenario pero con la mente en un lugar lejano, contesta: "No. No creo eso. Sólo sé que si estuviera con él, le daría flores todos los días, iríamos al cine cada miércoles, nos embriagaríamos cada viernes y pelearíamos dos o tres veces por semana…. Le haría birria cada jueves y nos iríamos de viaje en vacaciones. Iríamos al súper los sábados, lo vería jugar ajedrez todos los domingos… Le haría el amor todas las noches y le diría Te amo, cada décimo del mes."

La música ha terminado, y ahora un silencio más prolongado enmudece a todos. Carlos, a punto de llanto, levanta la mirada del escenario y lento pero conciso, dirigiéndose a Emilio, termina diciéndole: "Pero no eres tú, jamás podrás ser tú."

Una lágrima rueda por la mejilla izquierda de Carlos, no por el dolor que le está causando a Emilio. El llanto es porque eso no se lo puede decir a él.
Se lo dice a la nada, a todos, a si mismo. Se lo dice al jazz